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miércoles, 26 de marzo de 2014

Encuentro con un extraño. Capítulo 1

Comparto el primer capítulo de mi primera novela que se publicó en el año 2002
Estoy actualizando
Espero les guste y si ven algún error, que seguro que lo hay, lo dicen y así podré rectificarlo. 
Gracias a todos



Capítulo 1.

EL ENCUENTRO

Nada especial había ocurrido en mi vida, por ello nada me hizo sospechar lo que iba a ocurrir cuando me desperté aquella mañana de domingo.
Como de costumbre mi esposa preparaba el desayuno. Me levanté, me puse el chándal, las zapatillas, me dirigí a la cocina, le di un beso, y me senté a esperar.
Nuestros hijos no tardaron en bajar. Nos desearon un buen día con un beso.
Cuando mi esposa empezó a servir el desayuno, le pregunté:
- ¿Cariño, qué hay para comer hoy?
Ella me miró, sonrío y respondió:
- Hoy…, voy a hacer canelones, ¿por qué me lo preguntas?
- Tenía pensado ir a dar una vuelta esta mañana. — Le respondí.
De inmediato supe que si quería ir a pasear, debería ir solo, porque mi esposa se pasaba toda la mañana en la cocina, y nuestros hijos tampoco me acompañarían.
Al finalizar el desayuno, nuestros hijos nos pidieron permiso para salir con sus amigos. Les dijimos que sí, pero que antes deberían asear la habitación. Le dije a mi esposa que me iría a dar una vuelta, siempre y cuando ella no me necesitara para ayudarla en alguna faena de la casa.
Nuestros hijos recogieron la mesa, pusieron los vasos sucios en el fregadero y se fueron a limpiar su habitación. Me quedé sin pronunciar palabra observando cómo mi esposa fregaba los cacharros sucios sin pronunciar palabra, pensado. Al rato le dije:
- Bueno, me voy a duchar.
- Bien.  – Respondió ella
Entré en el baño, abrí el grifo de la bañera, me afeité, miré el agua caliente de la bañera. Respiré hondo y decidí ponerle sales al agua. Me zambullí y a los pocos instantes me empecé a sentir como en otro mundo. No pensaba en nada, sólo escuchaba el movimiento suave que mis manos producían al mover el agua. Estuve un tiempo, no muy largo pero suficiente.
Me vestí con un pantalón tejano, una camisa y los zapatos. Regresé a la cocina.
Mi esposa había comenzado a preparar sus deliciosos canelones. Le dije que me iba, que si me necesitaba para algo, me quedaba, reconociendo que me estaba haciendo el remolón. Lo cierto es que no me gusta salir solo, me encanta salir acompañado de mi esposa, pero… ella quería hacer uno de sus platos favoritos. Le di un beso y le dije:
- Volveré a la hora de comer.
Volví a darle un nuevo beso y me acompañó a la puerta. Sabía, tanto como yo, que no quería irme sin ella y que no podía quedarme en el hogar. Sabía muy bien que estaría por allí molestándola, cogiéndola, abrazándola, etc… En una palabra, no la dejaría cocinar. Así que…, suavemente, me echó del hogar, me despidió dándome un beso y me dijo:
- A las dos a comer.
Me dio un nuevo beso y me dijo adiós.
- Volveré sobre las dos. – Le respondí.
Caminé sin un rumbo fijo, sin tener una idea clara de hacia dónde dirigir mis pasos. Sin darme cuenta, me encontré delante de la puerta del bar donde solemos ir a tomar alguna cosa de vez en cuando. No lo pensé y me dije: voy a tomar un café y a ojear el periódico.
Me senté en la barra. Le dije buenos días al camarero y le pedí que me sirviera un café. Encendí un cigarrillo, cogí el periódico y empecé a leer el titular. Y fue en ese preciso instante que alguien entró por la puerta. Su entrada impactó tanto en mí, que me hizo olvidar incluso del periódico que tenía en las manos. Duró unos instantes, lo suficiente como para paralizarme por completo. Jamás había vivido un instante igual en toda mi vida.
Esta persona, al entrar, pronunció unas palabras que aún hoy no llego a entender. Aquella persona, justo entrar por la puerta, dijo:
- Buenos días, a todos los reunidos hoy, aquí.
Los pocos que nos encontrábamos en ese momento en el bar dirigimos nuestra mirada hacia la puerta. Pude ver que se trataba de un hombre de un metro setenta centímetros aproximadamente. Estaba bien proporcionado físicamente, vestía como yo, unos pantalones tejanos, camisa y zapatos. Era en apariencia una persona normal. No recuerdo haberla visto nunca. No la conocía en absoluto, pero no se me hizo extraño e incluso tuve la sensación de conocerle bien.
Su entrada, y con su frase, me sorprendió tanto a mí como a todos los demás. Recuerdo que el camarero y yo nos miramos unos instantes e hicimos una mueca con la cara sin pronunciar una sola palabra. Los dos comprendimos lo que cada uno estaba pensando de aquel individuo. Creo que estábamos más asombrados que otra cosa. Casi llegué a pensar que aquella persona se había equivocado de local o, tal vez, estuviera un poco loca.
No sé el motivo que me llevó a pensar que, si él era feliz deseándonos los buenos días a todos, qué más daba lo que fuera. Pero, lo más curioso y asombroso no fueron sus palabras, ni su entrada, lo que ocasionó más impacto y confusión en mi mente fue la respuesta inmediata que dimos todos. Como si de una sola voz se tratase. Fue tan unánime y clara que se pudo escuchar con total nitidez:
- Buenos días tenga usted.
La confusión iba en aumento. Tal vez fuera por no estar acostumbrados a que alguien entre en un bar de esa forma. Lo que hacemos es acercarnos a los que conocemos, desearles los buenos días, y al camarero. Pero, ¿a todos los reunidos como hizo aquel hombre? ¡No! y mucho menos sin conocer a nadie.
Tal vez fuera un momento mágico, sorprendente. Al menos para mí lo fue y supongo que para los demás también. Por más vueltas que le doy, aún hoy no comprendo cómo fue posible que las más de 10 personas que estábamos en el local pudiéramos responder como si fuéramos una sola voz. Tal vez nos sorprendió a todos del mismo modo y en consecuencia reaccionáramos todos por un igual.
Él se dirigió hacia la barra con paso firme, sin prestar la menor atención al murmullo que se hizo inmediatamente después de contestarle.
La barra estaba vacía, pero se sentó a mi lado. Me hizo sentir incómodo, inquieto. Supuse que todas las miradas y cuchicheos de los demás se dirigirían hacia tan extraño personaje.
Me molesta mucho que me miren y cuchicheen detrás de mí. Me pone nervioso.
Decidí aquella mañana entrar al bar para tomar un café y leer el periódico tranquilo, y aquel hombre, con su entrada, me lo estaba fastidiando, no por él en sí, sino por los demás clientes.
No sé cómo ocurrió, pero lo cierto es que todo mi nerviosismo desapareció como por arte de magia, como si no hubiera pasado nada. Ocurrió todo tan deprisa que no pude llegar a comprender lo que estaba ocurriendo. Tenía la mente relajada, el cuerpo no lo sentía, hubo unos instantes maravillosos. Sin darme cuenta, empecé a tomar un sorbo de café. El camarero se acercó al hombre sentado a mi lado, no le dio tiempo a llegar que aquel extraño individuo le dijo:
- Por favor, ¿me podría hacer usted un café?
El camarero asintió con la cabeza. Observé unos instantes a ese peculiar personaje preguntándome de dónde había salido. No sé bien el motivo por el cual me hacía esta pregunta. Si era por su entrada o por la forma de pedir el café. Lo cierto es que cautivó mi atención.
Intenté olvidar lo ocurrido en tan corto espacio de tiempo, no quise darle más importancia. Así que volví a empezar a leer el titular del periódico cuando aquél hombre, y con su acostumbrada forma de hablar, me interrumpió diciéndome:
- ¿Por favor, puede usted darme un cigarrillo de los que está fumando? – Y añadió: – Gracias.
Era una voz suave y segura. Le noté un sentimiento especial a su manera de hablar. Tuve la sensación de tener a un hombre muy seguro de sí mismo, alguien que consigue todo lo que se propone y quiere, y quien nadie puede negarle nada.
En mi caso, ocurrió lo mismo. No le negué el tan ansiado cigarrillo, pero en un arrebato de orgullo yo también quise impresionarle y empecé a buscar muy rápido en mi diccionario mental aquellas palabras que me hicieran triunfar delante de ese hombre. Después de la desesperada búsqueda logré encontrar la frase con la cual podía impresionarle. Estaba seguro de ello y no me lo pensé ni un instante.
- Por favor, coja un cigarrillo usted mismo.
Me quedé enormemente satisfecho, pero aquel hombre me miró, sonrió, y bajo la mirada sin decir nada. Tal vez notó en mi tono de voz una pequeña burla o fue que, en mi intento de impresionarle, dijera mal la frase. Lo cierto es que me hizo sentir mal conmigo mismo, con mi comportamiento. Su sonrisa fue como un bofetón. Me hizo sentir ridículo e insignificante.
Habían pasado sólo 2 minutos desde que había entrado al bar, y me parecían una eternidad. Estaba aturdido, pero curiosamente sosegado. La histeria de verme observado se esfumó. Estaba al lado de aquel individuo, con la sensación que sólo existíamos él y yo.
Cogió la cajetilla de tabaco, sacó un cigarrillo, lo colocó entre sus dedos, cogió mi encendedor y lo encendió. Me miró y dijo:
- Me llamo Juan, ¿y usted?
- Julián. – Le respondí.
- Nos parecemos mucho en el nombre, ¿no le parece?
Percibí que quería empezar una charla, en la cual, no deseaba verme involucrado. Le contesté con educación, pero con frialdad.
- Sí.
Intenté leer el titular del periódico, lo cual no había podido hacer desde que lo cogí de encima de la barra. Era curioso ese momento, nunca antes me había ocurrido nada parecido. Tampoco sabía lo que estaba pasando. Era algo fuera de mi comprensión. En ese momento, el camarero le sirvió el café. Nos cruzamos la mirada, encogimos los hombros. Era como si tuviéramos telepatía. Tanto el camarero como yo pensamos lo mismo: paciencia.
- Julián es un nombre fuerte. – Continuó diciendo aquel hombre.
En ese instante, pensé: ¿qué querrá ahora?, ¿me dirá todos los significados de mi nombre, y, así, tal vez demostrará más conocimientos de mí que yo mismo? Cansado y agotado de oír hablar a aquel individuo que sin querer, me estaba fastidiando la mañana, ya no sabía ni tan siquiera qué pensar. Me encontraba impotente ante él. Empecé a notar que le estaba cogiendo rabia, pero, cuando más seguro me encontraba de perder mi paciencia, sus palabras me tranquilizaban.
Él continuaba hablando y me decía:
- Sí, debe de ser usted fuerte. No me ha mirado con excesiva frialdad, ha dejado que continuase interrumpiendo su mañana, ha permitido que no le deje leer el periódico y tiene la suficiente paciencia como para seguir aguantándome. Otros, en su lugar, me habrían dado la espalda y se hubieran olvidado de que existo, habrían continuado leyendo el periódico, ocupándose de sus cosas. Usted demuestra ser tolerante. Debe ser inteligente y fuerte, posee una cualidad magnífica de la que debe estar orgulloso, y es la paciencia.
No supe qué pensar ante tales palabras. Ello me condujo a un momento de calma. También me llevó a ese orgullo que todos tenemos cuando alguien nos dice palabras que nos halagan.
No obstante, aquella conversación la encontré fuera de lugar, no entendía nada.
Habían pasado unos pocos minutos desde que salí de nuestra casa y tenía delante a una persona que no había visto nunca en mi vida, diciéndome palabras que en parte me halagaban y otras las rechazaba. Me hablaba sin conocerme de nada, ni siquiera conocía cómo pensaba o por qué le aguantaba. Tal vez fuera porque los dos estábamos solos en ese momento y, aunque mi corazón me dictaba que siguiera escuchándole, mi mente por el contrario me decía que no le escuchase más, que leyese el periódico, tomase el café y que me alejase de él.
Juan me preguntó:
- ¿Permite que le hable de tú?
Su pregunta me dejó, como suele decirse, “fuera de juego”. Insistía una y otra vez en conversar conmigo. Por mi parte, yo no quería saber nada de él, pero mi educación, o lo que fuese, no me permitía mostrarme furioso. Tampoco me decía nada para que lo estuviera, y me atreví a contestarle:
- Sí, puede hablarme de tú, siempre que yo también pueda llamarle de tú.
El silencio se presentó, pero, muy pronto, volvió a romperse al decirme:
- ¿Has pagado el café, Julián?
- No.
Llamó al camarero, le pagó los dos cafés. Le ofrecí un nuevo cigarrillo que aceptó encantado. Me di cuenta de que aún tenía el periódico en mis manos. Me lo quedé mirando, respiré profundamente. Lo dejé encima de la barra con una cierta melancolía. Me di cuenta de que no había conseguido leer el titular. Fue un instante de impotencia, de no saber muy bien lo que estaba pasando realmente.
Juan, al ver que dejaba el periódico, me preguntó:
- Y ahora, ¿qué vas a hacer?
Al escuchar su pregunta, creo que desperté del letargo en el que me había sumergido sin apenas darme cuenta, con una ligera sonrisa le respondí:
- No lo sé.
Mi respuesta fue fría, pero sin ninguna mala intención. Con la mirada busqué al camarero y le dije hasta luego. Me levanté dispuesto a irme y Juan me preguntó:
- ¿Adónde vas, ahora?
Sin proponérselo me hizo plantear lo que iba a hacer el resto de la mañana. Aquel individuo me había estropeado el día. Estaba harto de él. No le conocía de nada y, por el hecho de pagarme un café, no podía permitirle que entrase en mi vida, ni que me comportase como si fuéramos amigos. Mi repuesta fue rápida y fría. Quería dejarle mi punto de vista bien claro: dónde empieza la educación y dónde acaba la paciencia Para mí, allí mismo acababa nuestra conversación y nuestra amistad.

- A pasear un rato.




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